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Poema sin fin

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I fucking hate you but I love you - Tyler Gregory Escucho su voz con la misma desconfianza con la que leo poesía. Los poemas son mentiras bien arropadas, hay que desnudarlas con cuidado. Pero él es tan mal poeta que no hay que esforzarse mucho. Con sus vestidos lingüísticos no se esconde, tropieza. Corta mal las telas y sus engaños quedan descubiertos; sus puntadas se notan y vuelven hilarante todo el conjunto: noerestusoiyós en la manufactura; y no sabe rimar los colores del engaño: cose rojos de pausa con verdes avanza. Estoy confundido Quiero trabajarme, encontrar sentido. Si vuelvo, seré más quiero sopesarme no dejaré de amar Quiere liberarse de la relación, pero sigue lanzando versos de conquista: todas sus palabras colisionan en mi garganta, es el peor bombardeo de mi vida. Me defiendo en un solo ataque. Primero pienso en una rendición, un “quédate” que quiere coser lo roto, coser mi oído con el suyo al otro lado del teléfono, ¿pero para qué? Yo no soy una poetisa. Hay que ser r...

Un quinto

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Todos creemos al principio  que podremos controlarlo. -William Burroughs Para el retrasado no hay desayuno. Sol sin núcleo. Subes las nubes del cerro en carroza social. No lloras porque ni agua llevas en los ojos. Rozas tus hombros con los de un hombre de 90 kilos, cada fricción arde, pero no hay lugar mejor para ti. Bajas con los brazos hinchados a hincharte el cuerpo. En el subterráneo diez mil carnes en ebullición. Un olor a cebolla te devuelve el miedo a la falta de sabor en la panza, la bilis hambrienta quiere brotar sobre la calva de un diputado. Notas para un examen que ya no notas de un francés que ya no explotas porque te ha surgido un interés por lo propio, lo nacional, lo decolonial. Pero prefieres un Yonqui , antes que un drogué o un teporocho. Y persigues a Burroughs en sus serifas. Acuciosa sensación compartida de morfina, y el cuerpo tiembla; aunque quizá sea el exceso de mots (moho) o la abstinencia de nutrientes.  Bajas. Mientes. Un cigarro. ¿Qué es un cigar...

¿Cómo llorar?

Para B. y Rodrigo M., por las marcas del lenguaje –No llores más. Y lloro más para contrariar.  Mi lluvia no aprendió a detenerse bajo el paraguas de ningún ser: ni del pasajero en el metro, ni del mesero en el restaurante. Mis lágrimas son un granizo que parte la indiferencia. Aunque a llorar se aprende. Se colorean mandalas de tristeza una tarde y luego se pintan óleos de felicidad por la noche. Hay que saber de dónde viene el llanto o terminamos con una obra pobre que solo hace que sobreviva una incomodidad en nuestro espíritu acuoso. Para saberlo, acudir a la memoria y a los sentidos. El motor de las lágrimas son imágenes, como en la literatura. Entonces, llorar con recuerdos para reconocer el sentimiento: una calle que huele al ataúd de mi abuela; una alfombra que se siente como mi perro inválido; una carta que tiene la voz de mi amado; un elogio que se escribe sonriendo; el timbre de la puerta del metro en bucle; un hacha de sueños que me degolla.  Llorar debe ser satisf...

Envidia o de ósculos y danzas

La fiesta en la que estábamos ya me había exasperado, tome para que todo girara y, al menos, tuviera un sentido (o lo perdiera). Vi a Roy besar por montones; sus finas facciones y sus patillas de Iturbide estaban acostumbradas a conquistar. Aldo y Val por el otro lado se amaban, jugaban con la eternidad, en un beso se perdían. Y, Franco bailaba con cualquier extraño que se dejara: sus piernas y caderas eran de cubano. Me arrinconé entre las bocinas para gritar. Me resbalé y quedé tirado en cuclillas entre cerveza y gomitas. No tenía la belleza colonial, ni la fusión romántica, ni la pasión dancística, ¿entonces, qué hacía ahí? Era inservible. Ahora empezaba la rueda a girar. Vomité emociones y lágrimas. Me quería bajar. Me rasqué la piel hasta que se irritó. De pronto, tenía a todos mis amigos mirándome como se mira el ataque de un esquizofrénico. El día ya estaba arruinado y nos fuimos.  No hay otra palabra más que envidia. Si después me arrepentí o sentí deshonor era cosa del fut...

Para no empacharse

 -Te vas a empachar.– Decía con su tono de tragedia: “te vas a caer”, “te vas a enfermar”, “un día te vas a acordar de mí”. Nunca eran advertencias, más bien era un ritual: yo hacía media acción mal y ella me echaba la sal para que terminara. “No dejes para mañana...” Pero yo no conocía otras formas. Frente a su escrutinio, en la mesa, se me ocurrió decirle que así comíamos en la facultad, que si no el olor a quesadilla lo perseguía a uno en el salón, que si no luego la voz de la Teoría Crítica no te entraba por los oídos porque al abrir la boca para morder la torta se cerraban como escotilla. En lugar de mi defensa, me declaré culpable. Y comencé a mordisquear manualmente, como quien se da cuenta que respira. Consciente, uno acaba temiendo por su vida. También con la comida se piensa en la existencia. Masticas y masticas, pero nadie te dice cuándo parar, ¿en cuántos mordiscos el bistec está listo para ser tragado? ¿Y el brócoli? Me desespero. Vuelvo a la mordida de aspiradora y tr...

Aposté con Dios

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Quisimos ganarle al cielo, pero el juego estaba amañado. En 2021 la muerte rozaba nuestras mejillas; a mi perro le dio un beso de Iscariote. No fue  coronavirus , sino un débil moquillo. No murió al instante porque mis padres y hermanos lo dieron todo, se volvieron ludópatas desesperados, niños ingenuos. El veterinario sentenció: con un tratamiento tenía probabilidad de vivir: uno en dos; águila o sol; ser o no ser. Y no fue, murió. Antes de morir se volvió esquivo, huraño y renqueante. La última noche no dormí, sabía que en cualquier momento su desgarrador silbido se detendría. Quería besarlo, abrazarlo y dormir a su lado, pero temía que mis berridos lo asustaran. Me comía los labios, mientras mi cabeza terminaba de licuarse y mi corazón se hervía. Yo no quería que se fuera, así que lo negué hasta tener la certeza: el cuerpo frío y su ausencia. Pero el temor no se niega, así que por eso el debate y el insomnio.  Al igual que mi familia, le rogaba al perro que luchara, que fue...

El día que mamá murió

Mi mamá murió cuando comencé a leer. No me di cuenta hasta los 21 años. Esta tarde la encontré en su cuarto desparramada, hundida sobre unas sábanas deshechas y sin cobija. Lo único que intentaba abrazarla era un libro que yo había comprado la semana pasada en una feria. Estaba hundido en su pecho, abierto. La descobijé y miré su avance: diez hojas son suficientes para el arrullo.  Mi mamá leía, sí. Pero siempre fue frente a mí, nunca a escondidas. Me leía sobre lunas y bajo soles. Me leía a mí. Y cuando fui lo suficientemente egoísta para revisar historias sin ella, no la volví a ver con libros sobre el regazo. Comenzó con los trabajos que habrían de ser su literatura toda la vida: restaurantes, comercio y atención a clientes. Aunque creo que ella estaba preparando su descenso. Sabía de la irremediable muerte del cuerpo, quizá lo leyó de adolescente. Pero su espíritu se resistía en cada palabra que me dictaba, en cada imagen que dibujaba con su voz amarga y cálida.  El espíri...